martes, 11 de marzo de 2014

Retrospectiva de La Gaceta Rural

Nace un 7 de mayo de 1945. Yo cumplía un año en ese día en el que un grupo de ganaderos encabezados por Eduardo de Rojas, Conde de Montarco, reunidos en la trastienda de su carnicería de la calle Trafalgar de Madrid deciden publicar un boletín con vocación de informar a los ganaderos y romper su aislamiento que les avoca sin remedio a caer en manos de los intermediarios.

Precisamente habían montado la carnicería para hacer llegar al consumidor los productos cárnicos procedentes de sus ganaderías y evitar así la intermediación.

Así comenzó su andadura el Boletín de Ganaderías Reunidas. Y así nace el primer semanario de tirada nacional de información y opinión agroganadera.

Cuidan mucho sus editoriales que suelen ser críticas al poder y especialmente a los Ministerios de Agricultura de la época.

En 1956 cambia su nombre por el de La Gaceta Rural y en 1958 su editor y director, Eduardo de Rojas es procesado por incitación a la sedición por un editorial en el que acusa a los sindicatos y anima a manifestarse en contra. Se pide una condena de 30 años de cárcel. Algunos le aconsejan salir del país, pero se queda y es absuelto.

La Gaceta Rural a lo largo de los años ha traspasado el ámbito agrario y su lectura se extiende a Ministerios, Universidades, Empresas y otros círculos de poder.

En 1995 empiezo mi colaboración y en 2005 se pasa a internet. Nuestro sistema de distribución  por suscripción retrasa demasiado la recepción del semanario y se decide por hacer un digital con el riesgo de perder muchos de nuestros lectores del campo que todavía no tienen ese acceso.

Hoy, luchando por que no se pierda esa querida cabecera y después de haber creado este blog, voy a ofrecerles una retrospectiva de lo que se publicaba en aquellas décadas del siglo XX y juzgarán si los problemas del campo han cambiado...o NO?






GANADERÍAS REUNIDAS
Trafalgar, nº 15
Tlf. 240890              

 MADRID, 28 de DICIEMBRE de 1946


BOLETÍN INFORMATIVO Nº 79

El consumo de carne en España

         Cuando, hace un año, los organismos responsables del abastecimiento nacional hicieron público que era cuestión de días el resolver el problema de la escasez de carne, en este Boletín no recatamos nuestro escepticismo, basado en un exacto conocimiento de la situación ganadera. El tiempo nos dio la razón, y el fracaso de la Comisaría General de Abastecimiento y Transportes tuvo como origen la falta de información y la consiguiente imposibilidad material de conseguir, en la realidad, los cupos de requisa fijados teóricamente a cada provincia.
         Dijimos, entonces, que la producción de carne, en España, no se normalizaría –y siempre teniendo en cuenta las bajas causadas por la sequía en el ganado- hasta la primavera de 1947. Ahora, próximas ya las pariciones de primavera, comprobamos, con satisfacción, nuestro acierto. Todas las hembras capaces de criar están preñadas o pariendo, y la producción será por tanto grande.
         Pero ha surgido un nuevo factor que ha de preocupar, intensamente, a los ganaderos que piensen en el abastecimiento de las grandes poblaciones.
         Este nuevo factor, al que se hacía alusión en nuestro Boletín la semana pasada, es el aumento de poder adquisitivo del campesino, unido a la falta de garbanzos, alubias, patatas, maíz y grasas, que eran la base de la alimentación rural. En la actualidad el hombre del campo, cuyo racionamiento es muy inferior al de la ciudad, compensa esta diferencia consumiendo productos que antes apenas probaba. Todos recordarán que la leche, salvo los enfermos o las parturientas, no se bebía apenas en el medio rural; hoy, recién ordeñada o convertida en queso, queda en el campo un gran porcentaje de la que se produce, el mismo porcentaje que falta en la ciudad. Antes, la carne apenas la comía el campesino salvo alguna oveja vieja o un carnero a punto de morirse; hoy en día existe algún pueblo que antes enviaba su producción de corderos a Madrid y este año los lugareños lo han triturado entre sus potentes mandíbulas. Hay que pensar en que el campesino que ha ganado dinero estos años y no está dispuesto a pasar hambre, se halla colocado estratégicamente en el camino que han de recorrer los productos hacia la población y en la actualidad, con la nueva disposición sobre abastecimientos que fomenta las barreras municipales y la autoridad de los alcaldes, no le ha de ser difícil comer cuanto necesite, pagándolo igual que un habitante de la ciudad, ya que su poder adquisitivo es idéntico o mayor. Cosa que nunca habría ocurrido, pues era lo contrario.
         Si calculamos el jornal de un obrero del campo, tomando como ejemplo la provincia de Salamanca, viene siendo de unas 15 a 25 pesetas diarias, para el obrero fijo por años, calculando en el jornal el alimento que se le da por costumbre, no teniendo que pagar casa, ni luz, ni combustible, etc., y disfrutando además de los ingresos que le proporcione alguna gallina, o cabra, o burra, etc. Y si es a jornal seco, este verano se han pagado los segadores de heno 60, 70 y aún 80 pesetas diarias, y en la siega de cereales entre 35 y 55 pesetas por día. ¿Cómo va a competir en precios el hombre de la ciudad con el del campo? Será muy difícil que el obrero campesino no sacie su hambre como tenga por conveniente, hallándose con dinero junto al manantial de los alimentos, máxime que él sabe que “su trabajo es duro y necesita alimentarse para poder producir”. Así nos contestaban en la siega, cuando frente a sus peticiones, doble de las del año pasado, alegábamos que el S. N. del Trigo pagaba éste como el año anterior, poco más o menos. Y añadían: “nosotros no tenemos la culpa de que a Vd. el trigo se lo paguen a un precio y luego los estraperlistas nos lo vendan tres veces más caro”.
         Esta es una nueva faceta del problema alimenticio que hay que estudiar con atención, pues sino todos los pronósticos optimistas sobre la producción de primavera respecto a las grandes poblaciones, pueden venirse abajo. Es necesario cuidar los racionamientos rurales muy abandonados en manos de incompetentes secretarios municipales y de desaprensivos estraperlistas. Y sobre todo intensificar la producción e importación de leguminosas y féculas, base de la alimentación popular española. Así habrá carne, leche y pescado en las grandes poblaciones, sino no.
EL CONDE DE MONTARCO